Con álbum Panini, LadyMetepantle busca revertir su brutal caída

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Aquiles Castro

La política en Tlaxcala siempre se ha jugado en la cancha del ingenio, pero la última jugada de la senadora con licencia Ana Lilia Rivera raya en lo sublime del oportunismo lúdico.

En pleno cierre de la euforia mundialista —cuando el mundo entero cuenta los minutos para el silbatazo final—, la aspirante a la gubernatura ha decidido que la mejor manera de gobernar un estado es llenando las casillas vacías del álbum oficial y dejó a un lado la encuestitis.

Por supuesto, la convocatoria carece de cualquier justificación legislativa o institucional. ¿Para qué aburrir al pueblo con propuestas de seguridad, economía o salud cuando se puede debatir si el holograma del escudo nacional es más difícil de conseguir que el de la selección brasileña?

La estrategia es tan vieja como el fútbol mismo: pan y circo, o en este caso, cromo e intercambio. Al mimetizarse con el fervor de las masas, Rivera busca desesperadamente esa cercanía artificial que el acartonado discurso político le quita.

Pareciera que Ana Lilia ya entendió que su popularidad esta por los suelos y tenga que recurrir a ese tipo de acciones que distan de una política seria que aspira a gobernar Tlaxcala.

Por ello, sentarse a negociar un “cambio” de cromos repetidos en las plazas públicas del estado es la fachada perfecta para hacer campaña sin que la autoridad electoral le saque la tarjeta roja por adelantado.

La senadora que odia a quienes le cuestionan su trabajo cameral, no entiende que Tlaxcala no es un juego de niños, por más que sus personeros le insistan que a los tlaxcaltecas hay que tratarlos como si fueran juguetes.

Al final del día, los mundiales pasan y la fiebre se enfría, pero el costo de gobernar a base de puras figuritas repetidas lo terminará pagando el estado durante los próximos seis años.

Al paso que vamos no dudo en leer o escuchar que lo que Tlaxcala necesita para salir adelante sea llenar el álbum Panini.

Tlaxcala enfrenta realidades complejas que no se resuelven con un mensaje sórdido, ni mucho menos, pegando calcomanías.