El costoso trompo que le dejó una borrachera a Briagoso…

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Aquiles Castro

La Plaza de Toros Jorge “El Ranchero” Aguilar no es un simple recinto de mampostería y arena; es el corazón palpitante del Centro Histórico de Tlaxcala. Conocida cariñosamente como “La Tacita de Plata”, este espacio monumental atesora siglos de memoria, identidad y tradición, erigiéndose como la plaza de toros más antigua de América en uso continuo.

Sin embargo, la reciente decisión del titular de la Dirección de Turismo del Ayuntamiento de Tlaxcala, encabezada por Jesús Abraham Fragoso, de transformar este santuario cultural en una improvisada pista de acrobacias para automóviles deportivos Ferrari y Lamborghini, enciende las alarmas sobre el rumbo que está tomando la política de promoción en nuestra capital.

El rugido de los motores y el olor a llanta quemada sobre el histórico ruedo no representan innovación; representan una profunda contradicción institucional.

La misión de una dependencia de turismo municipal debe ser la salvaguarda, la puesta en valor y el respeto irrestricto al patrimonio que nos da identidad ante el mundo.

Por ello, al permitir que vehículos de lujo realicen “donas” y maniobras extremas en un inmueble catalogado y protegido, la autoridad municipal parece dejar de lado su vocación de custodia para abrazar una alarmante mercantilización del espacio público.

¿Cuál es el límite entre la diversificación del entretenimiento y la degradación de nuestros monumentos?

Por si fuera poco, el evento dejó en el aire un rancio tufo a elitismo. En una ciudad que se enorgullece de sus raíces y de su cultura popular, ver un monumento histórico convertido en el patio de recreo para la exhibición de marcas inalcanzables para el ciudadano de a pie genera un inevitable sentimiento de rechazo.

Esta “juniorización” de los espacios públicos, distancía a la administración de la comunidad, enviando el mensaje equívoco de que el patrimonio colectivo está disponible al mejor postor o para el lucimiento de unos cuantos.

También es verdad que existen sectores, particularmente jóvenes alejados de la tauromaquia, que aplaudieron la descarga de adrenalina y abogan por la modernización de los recintos urbanos. No obstante, la modernidad no tiene por qué estar reñida con la sobriedad y la memoria histórica.

Si la capital del estado aspira a consolidarse como un destino turístico cultural de primer nivel —especialmente compartiendo vecindad con el Conjunto Conventual de la Asunción—, sus autoridades no pueden darse el lujo de tratar a sus máximos tesoros arquitectónicos como si fueran estacionamientos de centros comerciales.

El Ayuntamiento de Tlaxcala debe entender que el prestigio de la ciudad no se mide en los caballos de fuerza de un auto extranjero, sino en la fuerza de su historia, que lamentablemente Fragoso no conoce ya que es oriundo y avecindado en Chiautempan.

Por eso, entregar la arena de “El Ranchero” Aguilar al capricho del deporte motor de supergama alta no es hacer turismo; es dinamitar, desde la propia institución, el respeto al pasado que nos sostiene.

Lo peor es que esa decisión se haría al estilo del funcionario municipal -al calor de las copas- para que agarre fuerza.