La otra gran herencia que dejará Lorena Cuéllar, la basura

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Aquiles Castro

Por años, los gobiernos en turno presumen obras, cortan listones, inauguran parques, pintan guarniciones y organizan eventos multitudinarios para las fotografías oficiales. Pero hay un detalle incómodo que rara vez aparece en los discursos triunfalistas: la basura.

Esa montaña de desperdicios que todos generan y que alguien tiene que recoger, transportar y depositar en algún lugar, nadie levanta la mano para decir esa boca es mía, a pesar de que representa un negocio millonario.

En Tlaxcala, la administración de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros decidió emprender una cruzada contra los tiraderos y rellenos sanitarios cuestionados con la justificación que llegaron a su máxima capacidad.

La intención, en teoría, podía parecer correcta. El problema es que una cosa es cerrar espacios y otra muy distinta tener una alternativa funcional para sustituirlos, porque gobernar no consiste en clausurar problemas para tomarse la fotografía; consiste en resolverlos.

Hoy la grave realidad que enfrentan los municipios, se convirtió en una crisis que parecía previsible desde el primer día: toneladas de residuos siguen generándose diariamente y la basura, por decreto, no desaparece.

Cada bolsa que sale de una casa, comercio, mercado, oficina y de la misma calle, necesita un destino final.

Sin embargo, cuando ese destino no existe, el resultado es exactamente el que estamos observando: acumulaciones improvisadas, depósitos a cielo abierto, rutas de recolección saturadas y autoridades municipales convertidas en gestores de una emergencia que no provocaron y un sinfín de buenas intenciones gubernamentales.

La pregunta es simple: ¿alguien calculó qué ocurriría después de cerrar los sitios de disposición final?, seguramente no, porque las consecuencias ahí están.

Si existió un plan maestro, los ciudadanos no lo ven. Lo que sí observan son montañas de desperdicios apareciendo en distintos puntos del estado, conflictos entre comunidades que rechazan convertirse en el nuevo basurero regional y una creciente preocupación por las consecuencias sanitarias.

La basura no solamente genera malos olores, genera fauna nociva, contaminación de mantos acuíferos, proliferación de insectos y riesgos epidemiológicos que se convirtió además, en un asunto de salud pública, porque cuando los residuos permanecen durante días o semanas en espacios inadecuados, las consecuencias terminan pagándolas las familias y no los Gobernantes.

Lo más irónico es que Tlaxcala parece haber descubierto una fórmula revolucionaria de administración pública: cerrar primero y planear después. Una estrategia tan brillante como derribar un puente antes de construir el nuevo.

Mientras tanto, alcaldes de distintos colores partidistas enfrentan la presión ciudadana.

Nadie quiere recibir basura ajena. Nadie quiere convertirse en el depósito estatal. Y tienen razones para ello. Los conflictos sociales están a la vuelta de la esquina porque ninguna comunidad acepta con gusto que le trasladen miles de toneladas de residuos sin garantías ambientales ni infraestructura adecuada.

La crisis también exhibe una vieja costumbre de los gobiernos: tomar decisiones espectaculares para generar titulares inmediatos sin evaluar las consecuencias de largo plazo.

Clausurar rellenos produce aplausos entre ciertos sectores aunque en los hechos no puedan resolver integralmente el manejo de residuos que; requiere planeación, inversión, consenso social y trabajo técnico. Lo primero genera propaganda; lo segundo exige gobernar.

Y ahí está la diferencia.

Porque mientras los discursos oficiales hablan de transformación, la realidad muestra bolsas de basura acumulándose en calles, predios y espacios improvisados. Mientras se presume sustentabilidad, los residuos buscan desesperadamente dónde terminar. Mientras se habla de futuro, el presente comienza a oler cada vez peor.

La basura, al final, tiene una virtud que ningún gobierno puede controlar: siempre termina saliendo a la superficie.

Y en Tlaxcala, el problema ya dejó de estar escondido bajo la alfombra. Ahora está en las calles, en los municipios y en la puerta de una administración estatal que cerró los basureros, pero olvidó responder la pregunta más elemental de todas: ¿y ahora dónde va a parar la basura?

Ojalá no lleguemos al grado de llevarla frente a las oficinas de quienes gobiernan para que hasta entonces si puedan atender la problemática con seriedad y dejen de tomarse fotos que en nada abonan a resolver el grave problema.

Habrá que hacer conciencia además, bajarle al consumismo y apostar por reciclar por separar residuos.

Asimismo, que los Diputado locales pugnen por la creación de una Ley que proteja al medio ambiente en lugar de andar con sus payasadas, al presumir que no se rajan, entregando canastas de dulces y hasta comida rápida a los damnificados por las lluvias para hacerse populares y ganar adeptos.