¿Para qué sirve la oposición?

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ANTÍPODAS

Por: Juan Manuel Cambrón Soria

En toda democracia sana siempre va a existir una tensión permanente y constante entre quienes gobiernan y quienes aspiran a gobernar. Esa tensión no es un defecto del sistema; por el contrario, es una de sus mayores virtudes. La democracia no se sostiene únicamente sobre la existencia de elecciones periódicas, sino por la presencia de actores políticos capaces de vigilar, cuestionar, proponer y, llegado el momento, sustituir a quienes ejercen el poder.

Maurice Duverger, uno de los grandes estudiosos de los partidos políticos, sostenía que los partidos son organizaciones creadas para conquistar y ejercer el poder político, pero también para estructurar la representación de los intereses sociales y canalizar el conflicto dentro de cauces institucionales; por tanto, los partidos no son simples vehículos electorales; son piezas fundamentales de la arquitectura democrática.

En la misma línea el politólogo italiano, Giovanni Sartori advertía que la calidad de una democracia depende en gran medida de la calidad de su sistema de partidos; es decir, no basta con que haya diversas fuerzas políticas; es fundamental que exista competencia efectiva, alternancia posible y una oposición capaz de actuar como contrapeso frente al poder.

Bajo esa perspectiva vale la pena formular una interrogante necesaria: ¿cuál debe ser el actuar de la oposición?  La respuesta no es tan sencilla como podría pensarse. La oposición no está llamada a oponerse por sistema ni a convertirse en una máquina permanente de descalificaciones; su responsabilidad consiste en señalar errores, denunciar abusos, exigir rendición de cuentas y, simultáneamente, construir alternativas viables para la ciudadanía; esto significa que las visiones que se contraponen al régimen y al partido hegemónico, deben asumir una actitud crítica pero también propositiva, cuestionar con vehemencia, pero también ofrecer rutas distintas con inteligencia.

Sin embargo, en el México de hoy se ha instalado una idea equivocada, esa que asume que toda crítica al gobierno es una muestra de mezquindad o de interés político. Desde el poder se ha intentado presentar cualquier cuestionamiento como un acto de traición o como una resistencia al supuesto avance de la transformación; lo que ha provocado como resultado la intención de normalizar nuestra democracia sin contrapesos.

Tlaxcala no escapa a esa realidad.  En el programa de radio Punto de Opinión, el comunicador Erick Fernández, cuestionó el papel de la oposición en el estado, afirmó que es inexistente y la calificó de tibia. Y así como él, un sector de la sociedad percibe a los partidos que confrontan a Morena, hay quienes incluso sostienen que han sido absorbidos por el poder. Esa idea no surge de la nada, durante los últimos años hemos visto como distintos actores políticos locales parecen más preocupados por mantener una relación cordial con el gobierno que por ejercer una auténtica labor de vigilancia y control.  Eso sin lugar a duda, fortalece la idea de tibieza de los partidos opositores, se produce una contradicción desde su propia posición política.

Pero pienso que reducir toda la oposición a esa imagen sería injusto.  Existe una diferencia fundamental entre una oposición responsable y una oposición complaciente. La primera entiende que su deber es representar a quienes no se sienten escuchados por el gobierno. La segunda opta por el silencio, la negociación discreta o la conveniencia personal.

Desde la posición del PRD, la función opositora no consiste en aplaudir cuando el gobierno cumple con su responsabilidad, y mucho menos guardar silencio frente a los problemas públicos. Por el contrario, implica señalar la creciente crisis de seguridad que vive el estado; cuestionar el uso anticipado de propaganda política disfrazada de espontaneidad; denunciar los intentos por debilitar las instituciones electorales; exigir transparencia en el ejercicio del gasto público; defender libertades que hoy enfrentan presiones cada vez mayores; levantar la voz por las víctimas de violencia, las madres buscadoras, los campesinos, las mujeres, los jóvenes, etc.

Eso no nos convierte en enemigos de Tlaxcala. Nos convierte en defensores de la pluralidad democrática.  La verdadera oposición no busca el fracaso del gobierno; busca evitar los excesos del poder. Sin embargo, en el momento que desaparecen los contrapesos, cuando nadie cuestiona, cuando todos asienten, la democracia comienza a deteriorarse silenciosamente, sistemáticamente, permanentemente.

Por lo tanto, estoy convencido que la pregunta central no es si la oposición existe o si es tibia; la pregunta de fondo es quién está dispuesto a asumir los costos de ejercerla, aún en condiciones de desventaja, aún a pesar de los embates del poder, aún sin contar con los medios, recursos y alcances que desde el gobierno se tienen.  En tiempos donde la comodidad política suele ser más rentable que la congruencia, hacer oposición implica nadar contra corriente. Significa incomodar al poder, soportar descalificaciones y defender posiciones impopulares cuando los principios así lo exigen.

La democracia necesita gobiernos fuertes, pero también oposiciones firmes. Necesita competencia, vigilancia y equilibrio. Necesita voces distintas capaces de recordar que ninguna mayoría es eterna y que ningún gobierno debe quedar exento del escrutinio público.  Esa es, al menos, la oposición que el PRD entiende, defiende y está dispuesto a ejercer.