ANTÍPODAS
Por: Juan Manuel Cambrón Soria
En Tlaxcala comenzó la temporada; no la de lluvias o de cosecha; esa puede esperar, empezó la de bardas del bienestar, la de pintura electoral adelantada y disfrazada. Los aspirantes de Morena a la gubernatura del estado andan desatados: la senadora Ana Lilia Rivera con su “Es Ella”, el alcalde capitalino Alfonso Sánchez García con su “Es Él” y su nombre en grande, y el diputado federal Raymundo Vázquez Conchas con su “Sí Va”; a ello súmele bardas, panfletos, periódicos, flyers y brigadas que no descansan. Pero no vaya a pensar mal amable lector, todo es producto “espontáneo”, tan espontáneo como un operativo de madrugada.
Y no les vayamos a salir con que la “ley es la ley”, no cometamos el exceso de decir que es promoción personalizada, no por favor, esos serían ataques mal intencionados de la derecha, de sus adversarios o de sus opositores. Seamos francos, ellos asumen que la ley electoral es ambigua, y como la autoridad en la materia se les inclina, pues qué más da. Los flamantes asesores apelan a la creatividad semántica con la que pretenden sustituir a la legalidad; porque no dicen “vota por mí”, dicen “Es Ella”; no dicen “candidato”, dicen “Es Él”, no dicen soy el concuño de la “gober”, dicen “Sí Va”; como si cambiar la etiqueta borrara la intención, o la barda en una de esas.
Y luego viene el acto de prestidigitador favorito, de magia pues, el deslinde. El alcalde publicó que él no mandó pintar nada, que desconoce quién lo hizo. Qué curioso, explicación no pedida (o tal vez si se la están pidiendo) culpabilidad manifiesta; pero siempre hay manos nobles y anónimas con pintura, tiempo y recursos suficientes para tapizar medio estado con sus nombres… sin que ellos mismos sepan (ternuritas). Es el nuevo milagro guinda, la promoción sin promotor. Lo que se pretende con ello es el más burdo intento por insultar la inteligencia colectiva, sembrar la idea de que las bardas del bienestar brotan solas como hongos en la pradera.
Pero hay detrás de todo un tema que no es jurídico ni político; es de números, de finanzas, ¿Quién paga?, ¿Cuánto cuesta? ¿De dónde sale el dinero? Pintar bardas por todo el estado en esas cantidades no es barato, estime que el costo promedio por barda anda en los 400 pesos, multiplíquelo por al menos 2000 bardas por cabeza, estamos hablando de 2 millones 400 mil pesos; súmele eventos disfrazados de giras o tamalizas, impresión de millares de volantes y la operación de brigadas que no es nada barato. ¿Sale de su bolsillo? ¿De aportaciones privadas? ¿De “cooperaciones voluntarias” de empleados? ¿Del erario disfrazado? ¿De patrocinadores con expectativa de cobro futuro? ¿Es dinero sucio o limpio?
El mensaje que acompaña a las bardas es claro, para ellos la ley es una sugerencia y no una obligación. Y no, no es ingenuidad, es mero cálculo político en medio de su batalla interna, posicionarse antes, saturar el espacio público, instalar el nombre en la conversación cotidiana y generar la percepción de inevitabilidad.
También desnuda otra vez su tremenda hipocresía, su grandilocuente cinismo, cuando el PRI o el PAN hacían exactamente lo mismo, varios de ellos se desgarraban las vestiduras, hablaban de inequidad, exigían piso parejo, acusaban trampas anticipadas, pedían sanciones ejemplares, denunciaban la captura de las instituciones electorales; pero hoy replican la práctica con una naturalidad pasmosa. Cambió el color de la pintura, no la maña. Son antípodas de lo que prometieron, antípodas de la austeridad que predican, antípodas de la legalidad que exigían.
Hoy se promocionan antes de tiempo. Mañana dirán que fue el pueblo quien los impulsó y pintó sus bardas porque los quieren mucho, siempre tendrán esa coartada, que comienza a sonar como sonsonete viejo. La pregunta queda flotando, incómoda pero necesaria, si para llegar están dispuestos a violar la ley, ¿qué estarán dispuestos a hacer para quedarse o nunca irse?

