septiembre 5, 2026
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El Péndulo de la Modernidad

Por: Erick Fernández Dávila

Todo estaba dispuesto para que este fin de semana Morena definiera a quien habrá de encabezar la llamada coordinación de la defensa de la soberanía en Tlaxcala. Pero la decisión se habría pospuesto. La explicación política parece sencilla: la contienda está demasiado cerrada entre Ana Lilia Rivera Rivera y Alfonso Sánchez García.

La propia dirigencia nacional, a través de Citlalli Hernández, dejó entrever que las diferencias son estrechas. Y cuando una elección interna se aprieta de esa manera, la decisión deja de ser solamente un asunto de números: se convierte en un problema de equilibrios, intereses y, sobre todo, de supervivencia política.

Porque gane quien gane, Morena no saldrá igual de esta contienda.

De un lado se observa una estructura que, según diversos señalamientos, habría venido operando en torno a la candidatura de Sánchez García, con la participación de funcionarios y sectores de la administración pública. Incluso se ha hablado de trabajadores que habrían sido presionados para participar en determinadas tareas políticas. Son acusaciones que, de ser ciertas, tendrían una gravedad mayúscula; pero también deberán probarse.

Del otro lado, Ana Lilia Rivera ha conseguido algo que no es menor: sumar a personajes y grupos provenientes de distintas expresiones políticas. Una especie de frente transversal alrededor de su figura.

Y ahí está precisamente la paradoja.

Morena llegó al poder prometiendo acabar con las viejas prácticas políticas. Hoy enfrenta acusaciones de reproducir algunas de ellas.

Pero el problema no termina en Tlaxcala.

La marca 4T llega a esta elección con un desgaste evidente. El discurso de transformación que durante años le permitió a Morena presentarse como una alternativa frente a los partidos tradicionales comienza a tropezar con sus propias contradicciones.

Se prometió que se acabaría la corrupción. Se prometieron grandes obras capaces de transformar al país. El Tren Maya se convirtió en uno de los símbolos de la administración obradorista, pero también en objeto de fuertes cuestionamientos por su costo, impacto ambiental y resultados.

Se dijo que no se cortaría un solo árbol y las obras terminaron enfrentando severas críticas ambientales.

Se habló de la rifa del avión presidencial, aunque el avión nunca fue realmente rifado.

Se aseguró que no habría protección para expresidentes y, mientras tanto, el propio Andrés Manuel López Obrador vive retirado en su finca de Palenque, “La Chingada”, lejos de la exposición pública que caracterizó su sexenio.

Y qué decir de aquella promesa que se volvió una especie de mantra electoral: la gasolina a diez pesos.

Promesas, frases y expectativas que hoy forman parte del archivo político de un movimiento que llegó ofreciendo una transformación radical y que ahora debe responder por sus propias contradicciones.

A eso se suma el episodio protagonizado por Andrés Manuel López Beltrán, Andy, cuya exposición pública y estilo de vida han provocado críticas precisamente por contrastar con el discurso que durante años condenó a los llamados fifís, las camionetas de lujo y los privilegios de las élites.

La política tiene una memoria incómoda: lo que se utiliza para descalificar al adversario termina convirtiéndose en un espejo cuando las circunstancias cambian.

Y Tlaxcala podría convertirse en uno de esos espejos.

Porque si la contienda entre Ana Lilia Rivera y Alfonso Sánchez García termina con una diferencia mínima, el verdadero resultado no estará únicamente en quién obtiene la candidatura. Estará en quién conserva la capacidad de sumar después de la contienda.

El perdedor difícilmente podrá desaparecer.

Y aquí aparece una hipótesis que hace algunos años habría parecido improbable: una nueva escisión política en Tlaxcala.

¿Podríamos estar frente a una reedición, con las circunstancias propias de 2027, de aquella gran ruptura que en los años noventa consiguió aglutinar a distintas fuerzas de izquierda frente a las imposiciones del poder?

La historia no se repite exactamente, pero sí suele ofrecer patrones.

Un eventual rompimiento podría reunir a sectores de izquierda, centro-izquierda e incluso fuerzas de derecha que encuentren un interés común: competir contra el grupo que resulte dominante dentro de Morena.

No sería necesariamente una alianza ideológica. Podría ser, más bien, una alianza electoral nacida de la necesidad de equilibrar el poder.

Y entonces aparecería una pregunta todavía más interesante:

¿Qué pasaría con aquellos números que hoy colocan a Morena como favorito para 2027?

Las encuestas pueden medir preferencias, pero no pueden medir el hartazgo, las fracturas internas ni la capacidad de movilización que puede surgir cuando un grupo político se siente desplazado.

En territorio, el discurso comienza a cambiar.

Hay quienes sostienen que las mismas familias que históricamente han gobernado Tlaxcala podrían volver a disputar el poder. Otros creen que ha llegado el momento de una generación distinta, de personajes que emergen desde las comunidades, de ciudadanos que no necesariamente cargan con los apellidos tradicionales de la política.

Entre ambas visiones se encuentra el verdadero escenario de 2027.

Por eso, la designación del coordinador de la defensa de la soberanía no es un trámite.

Es el primer capítulo de una batalla mucho más grande.

Si Morena logra cerrar filas después de su proceso interno, podrá convertir la disputa en una anécdota y conservar su ventaja.

Pero si la derrota deja heridas, grupos inconformes, operadores desplazados y alianzas fuera de Morena, entonces lo que hoy parece una elección prácticamente definida podría convertirse en una contienda abierta.

Y quizá esa sea la mayor ironía:

el movimiento que nació denunciando el monopolio político podría terminar provocando, por sus propias divisiones, la construcción de un frente que le dispute el poder.

Tlaxcala todavía no ha decidido quién ganará 2027.

Pero algo sí parece comenzar a definirse:

la elección no será entre dos candidatos; será entre dos formas de entender el futuro político del estado.

Y el péndulo, como siempre, comienza a moverse cuando el poder cree que ya lo tiene todo bajo control.

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