El cinismo de Ana Lilia tiene apellido de hacienda…y color tricolor
Aquiles Castro
No cabe duda de que la política en Tlaxcala es un eterno retorno al pasado, un desfile de máscaras donde el pragmatismo más rancio siempre termina por devorarse a la ideología.
La última escena de este teatro de lo absurdo roza el surrealismo: el exgobernador priista Mariano González Zarur y su heredero, “Marianito”, han decidido quitarse el pudor que les quedaba para volcarse en un abierto idilio político con Ana Lilia Rivera. Sí, la mismísima senadora que construyó su carrera prometiendo desterrar a las viejas élites hoy se deja querer por los apellidos que encarnaron todo lo que ella decía odiar.
Para que no queden dudas del pacto, la maquinaria marianista confirma que no quiere dejar de vivir del erario y ya envió a sus más fieles operadores a las filas de la legisladora.
El desentierro de fósiles políticos ha comenzado, y a la cabeza del contingente marcha Tomás Munive Osorno, el recordado exsecretario de Educación Pública de aquel sexenio marianista marcado por el garrote y la soberbia.
Ver a Munive operando para la causa de la “Cuarta Transformación” no es solo una ironía; es una bofetada por no decir un madrazo a la memoria de los maestros tlaxcaltecas que marcharon contra el autoritarismo de su gestión.
¿Este es el “segundo piso” de la transformación que nos prometen o simplemente el sótano del viejo PRI remodelado con pintura guinda abanderado por una Iguana?
La jugada de Mariano y su Marianito, no es un acto de fe democrática, sino puro instinto de supervivencia y una vieja sed de venganza.
Porque con el PRI local convertido en un cascarón desahuciado, los González Zarur entendieron que la única forma de no quedar fuera del presupuesto y, de paso, cobrarle las facturas pendientes al grupo de Lorena Cuéllar, era subirse al barco de la virtual perdedora que presume ser la puntera en las encuestas.
Es el marianismo en su estado más puro: aliarse con el diablo si eso garantiza mantener un pie en el Palacio de Gobierno.
Sin embargo, el verdadero problema lo tiene Ana Lilia Rivera. La senadora que gusta de ropa de línea y de pésimo gusto, cuyo discurso suele estar impregnado de una rigidez moral casi religiosa en las tribunas, hoy camina con un lastre que contradice cada una de sus palabras.
¿Cómo va a hablar de “moralizar el poder” o de combatir la corrupción cuando en sus mítines aplauden los artífices del viejo régimen?
Tras aceptar el cobijo y los “esbirros” del marianismo, Rivera gana estructuras territoriales y operadores colmilludos, es cierto, pero pierde la brújula ética. La pureza discursiva se la ha tragado el pragmatismo electoral.
Al final, en Tlaxcala las cosas cambian para seguir exactamente igual: los mismos nombres, las mismas mañas, solo que ahora, con un nuevo color.

