Las rémoras del poder

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ANTIÍPODAS

Por: Juan Manuel Cambrón Soria

Los procesos electorales deben contar con reglas claras y aceptadas por todos los jugadores, lo que conlleva una aceptación de respeto y apego a las mismas. Un punto central en el sistema electoral mexicano es la búsqueda de la equidad en la contienda; por esa razón, las campañas tienen una fecha de inicio y una fecha de conclusión, para evitar que el poder público se confunda con la promoción política permanente; si la frontera desaparece, la elección deja de ser una competencia entre iguales y se convierte en una carrera donde algunos corren con la pista inclinada a su favor.

Eso es, precisamente, lo que está ocurriendo hoy.  Morena decidió abrir y adelantar los procesos, al permitir un registro de quienes aspiran a convertirse en candidatos a las gubernaturas de 2027, utilizando un eufemismo al denominarlos “coordinadores de la transformación”, pero que no son otra cosa que precandidatos adelantados, es una selección anticipada y disfrazada bajo una etiqueta que busca evadir las reglas electorales, pero que tiene exactamente los mismos efectos de una precampaña.

El oficialismo coloca una cortina de humo, asegurando que existen reglas internas, prohibiciones y controles; sin embargo, la realidad es otra, desde el momento mismo en que los aspirantes salen a recorrer el estado, reunirse con simpatizantes, posicionar su imagen, pintar bardas y buscar reconocimiento público, de facto la competencia electoral arrancó antes de que la ley lo permita.

Pero hay otro ingrediente que me llama la atención, el papel de los partidos rémoras de morena, sus comparsas, especialmente el Partido Verde Ecologista de México.  Hace muchos años el Verde dejó de ser un partido político para convertirse en una dama de compañía del gobierno en turno. No posee una identidad ideológica reconocible a pesar de escudarse en una supuesta defensa ambientalista; su especialidad ha sido siempre la misma: acompañar al poder.

Lo hizo con el PRI, con el PAN y hasta con el PRD en Tlaxcala, para después encontrar acomodo con Morena. Todo sin escrúpulos, sin apego a una agenda programática, mucho menos a una posición ideológica, la línea se difuminó y lo relevante son las posiciones en el gabinete Y, si mañana cambiara el equilibrio político nacional, probablemente volvería a acomodarse con quien ocupara el primer lugar.  No es un partido con convicciones, es meramente una franquicia con brújula electoral.

 

En Tlaxcala esa condición resulta todavía más evidente.  El Partido Verde ni siquiera fue capaz de diseñar un procedimiento propio para seleccionar a quien pueda ser su aspirante para gobernar el estado. Renunció, otra vez, a ejercer su autonomía política para incorporarse disciplinadamente al mecanismo interno de Morena.  Ni convocatoria propia, ni reglas propias, ni decisión propia.  Simplemente acepta lo que el régimen determine, sin chistar, porque así le conviene.   Eso dice mucho de la forma en que entienden la política.

Los partidos existen para representar ideas distintas ante la sociedad, su función es construir alternativas, ofrecer proyectos diferenciados y enriquecer el pluralismo democrático; pero si como el Verde renuncian a esa tarea, no puede definírsele de otra manera, excepto como una rémora del poder.

Y quizá el mejor ejemplo de esa lógica sea el caso del alcalde de Huamantla, Salvador Santos.  Un presidente municipal no gobierna por horas, no funciona en horario de oficina para ejercer su responsabilidad. La seguridad, los servicios públicos, la atención de los ciudadanos no entienden de fines de semana, vacaciones o “tiempos libres”.  Pero ya que anunció su adelantamiento, ¿porque no se separa del cargo? ¿Quién pagará su campaña adelantada? ¿Con qué estructura se organizarán esos recorridos? Todo parece es una simulación en donde la autoridad electoral no pone límites.

Pero hay una última verdad que el oficialismo parece olvidar: la elección de 2027 no está resuelta. Quien resulte candidato o candidata de Morena o de la coalición oficialista cargará inevitablemente con el peso del gobierno que hoy representan. Será la continuidad del lorenismo; de una administración marcada por la corrupción, por el deterioro de la seguridad pública, por hospitales que siguen sin medicamentos suficientes, por servicios públicos deficientes, de un gobierno represor e intolerante y en general incapaz de responder a los reclamos de la gente. Podrán intentar presentarse como rostros nuevos, como defensores del pueblo o incluso como supuestos adversarios de las viejas castas políticas locales, pero tienen ya una losa insalvable y que hay que recordarles: ellos ya son el poder. Son quienes gobiernan Tlaxcala, así que van a representar exactamente aquello que dicen querer combatir hoy.