Penilla: El invitado incómodo en Tlaxcala 

Antípodas

Por: Juan Manuel Cambrón Soria

A veces pareciera que en Tlaxcala hay temas que pasan de puntitas; no porque sean irrelevantes, sino porque generan un dejo de incomodidad tal, que hasta los medios de comunicación y los opinadores prefieren soslayar y mirar hacia otro lado. Uno de esos casos es el de Juan Pablo Penilla Rodríguez, un nombre que hasta hace poco no decía nada, pero que hoy aparece en la lista negra de la Office of Foreign Assets Control (la Oficina de Control de Activos Extranjeros) por sus presuntos vínculos con el crimen organizado. Un personaje que, por cierto, no se movía en la periferia… sino bastante cerca del poder.

Y tal vez alguien se pregunte: ¿eso qué tiene que ver con Tlaxcala? Mucho. Porque ese mismo personaje transitaba con soltura en los pasillos del gobierno federal, particularmente en la Secretaría de Gobernación, en los tiempos del discurso de “abrazos, no balazos”; y según ha trascendido, su enlace era Ricardo Peralta. Sí, el mismo que hoy es flamante representante del gobierno de Tlaxcala en la Ciudad de México. Es decir, no estamos hablando de un actor marginal, sino de alguien que hoy forma parte de la estructura política del gobierno formal de este estado.

Por si fuera poco, la historia no termina ahí. Resulta que, en el Senado de la República, ese mismo abogado fue reconocido con el premio “Pro Humanitas” en el marco de un evento fue promovido y auspiciado desde la presidencia de la Mesa Directiva, encabezada en ese momento por la senadora tlaxcalteca Ana Lilia Rivera.

Y como dirían las abuelas de antes, aquí es donde la marrana tuerce el rabo, y aparecen las malditas coincidencias. Porque no solo hay fotos, sonrisas y reconocimientos; también hay explicaciones que no explican mucho o no explican nada, como la de la senadora que ha dicho que ella no sabía a quién se le entregaban esos reconocimientos, que el Senado solo presta los espacios y que los eventos los organizan terceros.

Ese argumento ya lo hemos escuchado antes. Es el mismo libreto de siempre: “yo no fui”, “yo no sabía”, “yo solo presté el salón”. Como cuando se utilizó el Palacio de Bellas Artes para un homenaje que terminó en escándalo internacional. Y otra vez, nadie sabía nada.

¿De verdad en los más altos niveles del poder nadie revisa a quién recibe? ¿Nadie investiga antecedentes? ¿Nadie se pregunta quién está entrando por la puerta principal?

Y por si faltara algo para completar el cuadro, este fin de semana la senadora Rivera encabezó una reunión política en Tlaxcala, arropada —entre otros— por el senador michoacano Raúl Morón; el mismo que ha sido señalado públicamente por la familia de Carlos Manzo y la viuda Grecia Quiroz como presunto responsable de su muerte. A la senadora tlaxcalteca, valdría la pena que su equipo la cuide más, de con quien se junta, con quien se toma fotos, no sea que en una de esas coincidencias de la vida termine embarrada.

Al final del día, en una república lo que debe imperar es la rendición de cuentas, los políticos sensatos deben apelar a la transparencia en temas tan delicados, y tanto Peralta como Rivera deberían responder algunas preguntas básicas. ¿Qué relación había con Penilla? ¿Por qué fue reconocido en el Senado? ¿Quién validó su presencia en espacios de poder? ¿Y por qué, cuando surgen señalamientos, la respuesta es siempre la misma evasiva?

Lo que tenemos entonces es a dos figuras con responsabilidades públicas en Tlaxcala —Peralta y Rivera— orbitando, por decirlo suavemente, alrededor de un personaje sancionado por el gobierno de Estados Unidos. Y no, no es un chisme de café. Es un tema serio. Documentado. Con implicaciones políticas y de seguridad.

Pero en México ya nos acostumbramos a que no pase nada. Se descarrilan trenes, se incendian refinerías, desaparecen personas… y la constante es la misma: nadie sabe, nadie responde, nadie paga. Seamos realistas: en este país, la memoria dura menos que un ciclo mediático… y la indignación se administra en las conferencias mañaneras.

Quizá lo más honesto es decirlo sin rodeos: no es que no sepan… es que no quieren decir.