agosto 7, 2026
aquiles kastro
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Aquiles Castro

Hay chapulines que saltan porque los espantan y hay otros que brincan porque huelen la cosecha y el SAGA parece pertenecer a la segunda especie.

Ese personaje que durante algún tiempo se dio gusto despotricando contra MORENA y contra quienes hoy pretende abrazar políticamente, de pronto descubrió que las diferencias ideológicas pueden desaparecer como por arte de magia cuando aparece una posibilidad de candidatura.

Ahora resulta que el SAGA se convirtió en uno de los más entusiastas aplaudidores de la Senadora Ana Lilia Rivera, esa misma figura política que seguramente hace no mucho tiempo no merecía tantos elogios desde su trinchera panista.

Pero así es la política cuando se practica con calculadora en mano: lo que ayer era pecado, hoy es estrategia; lo que ayer era criticable, hoy es virtud; y lo que ayer olía mal, hoy hasta perfume parece tener.

Juan Carlos Sánchez García, ya no busca partido. Busca acomodo.

Y en esa búsqueda ha desarrollado una habilidad digna de los mejores atletas olímpicos: el salto político.

PAN: ¡brinco! MORENA: ¡brinco!

¿Y mañana?, igual PRI, PRD, PT o cualquier partido ávido de cascajo político, obvio, depende de quién tenga la candidatura disponible.

Porque aquí no se trata de ideología. Ni de no rajarse. Se trata de sobrevivencia política.

Y hay que reconocerle algo: constancia sí tiene.

Constancia para aparecer.

Constancia para levantar la mano.

Constancia para acercarse al poderoso de turno.

Y, sobre todo, constancia para no perder la esperanza de que algún día alguien diga: “Ya denle algo al SAGA, pobrecito”.

Pareciera ser esa la gran misión de su carrera política: encontrar el partido que finalmente tenga la generosidad de regalarle una candidatura a diputado federal.

Porque uno nunca sabe cuándo el homenajeado puede convertirse en el próximo repartidor de candidaturas.

Eso sí, hay algo que llama poderosamente la atención: qué rápido se le borró la memoria política. Pero tampoco hay que exigir demasiado.

En Tlaxcala ya sabemos que algunos políticos tienen una memoria muy peculiar: recuerdan perfectamente quién puede ayudarlos mañana, pero convenientemente olvidan todo lo que dijeron ayer.

Y el SAGA parece estar cursando una maestría en esa disciplina.

Ahora resulta que el pasado panista quedó guardado en el cajón de los recuerdos incómodos.

Las críticas a MORENA, archivadas.

Las diferencias ideológicas, extraviadas.

Los discursos de oposición, reciclados.

Y el nuevo uniforme político, listo para estrenarse.

Todo sea por la candidatura.

Porque en política hay quienes cambian de principios y hay quienes simplemente cambian de camiseta y esperan que nadie recuerde el uniforme anterior.

Para su mala suerte de El Saga, Tlaxcala tiene memoria. Y las hemerotecas también.

Así que mientras el Ingeniero siga buscando quién lo quiera, quién lo adopte y, sobre todo, quién lo haga candidato, habrá que reconocerle una virtud:

Nunca se da por vencido.

Puede perder partido.

Puede perder congruencia.

Puede perder credibilidad.

Puede perder los muebles del Congreso.

Puede perder a la esposa.

Pero jamás pierde la esperanza de aparecer en una boleta.

Y eso, señoras y señores, también es talento.

Aunque después de tantos brincos, quizá lo más conveniente sea dejar de llamarlo SAGA.

Ya debería ser SAGA-CHAPULÍN: especialista en aterrizar donde haya candidatura.

Porque si mañana cambia nuevamente de camiseta, nadie deberá sorprenderse.

En política, dicen, todos tienen un precio y el SAGA parece seguir buscando quién le pone el suyo.

Así que mientras encuentra comprador(@) polític@, ahí seguirá: aplaudiendo, sonriendo, acomodándose y esperando el milagro electoral.

Ah y acarreando incautos como él, que sueñan que con aplaudirle a Ana Lilia Rivera una aspirante grosera, que se siente inalcanzable, vengativa, improductiva que a pesar de sus negativos sueña en ser Gobernadora.

Que poder de convocatoria