Con el poder de “Las ligas” Ana Lilia se registra en MORENA para buscar gubernatura

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Aquíles Castro

Este sábado, las alfombras del World Trade Center en la Ciudad de México atestiguaron un espectáculo de pragmatismo puro y duro: el registro de la senadora con licencia Ana Lilia Rivera Rivera como aspirante a la Coordinación Estatal en Defensa de la Transformación en Tlaxcala.

Qué pronto se olvidan los principios cuando el agua llega al cuello. El acto, que pretendía ser una unción triunfal, terminó desnudando una cruda realidad: la “fundadora” de Morena en Tlaxcala se ha quedado sola en casa.

Sin el cobijo de la cúpula oficial de su partido y con el vacío evidente de las estructuras que verdaderamente mueven los hilos en su estado, Rivera no tuvo más remedio que echar mano de lo más rancio, oscuro y cuestionable que conserva la fauna política capitalina.

Para llenar el vacío del desdén institucional, la senadora decidió dejarse arropar de gala por una pareja que encarna los peores fantasmas del pasado: Dolores Padierna y René Bejarano. Sí, el mismísimo “Señor de las Ligas”. Aquel operador que en 2004 protagonizó uno de los episodios de corrupción televisada más vergonzosos de la historia moderna de México al ser grabado guardando fajos de billetes con ligas elásticas en un portafolios.

Ver a Rivera sonreír junto a Bejarano mientras discursa sobre la “honestidad” y la “transformación” bajo la sombra de Tlahuicole, no es solo una contradicción ideológica; es un insulto a la inteligencia del electorado tlaxcalteca que ingenuamente creyó en el cuento de la pureza moral.

Este desesperado apadrinamiento político grita una verdad que en Tlaxcala ya es un secreto a voces: Morena no la respalda.

Si la senadora tuviera el favor de la dirigencia nacional o el visto bueno de Palacio, no necesitaría recurrir a recolectores de billetes ajenos ni a franquicias tribales venidas a menos para simular músculo político. Recibir la bendición del bejaranismo es el equivalente político a firmar un pacto de supervivencia con el ala más desacreditada de la izquierda.

Ana Lilia Rivera acudió al WTC a presumir un registro, pero salió de ahí arrastrando las cadenas de un tufo a corrupción que será imposible de lavar durante la contienda interna.

Buscar gobernar Tlaxcala presentándose como la reserva moral de la entidad, mientras se sostiene del brazo de quien convirtió el fajo de billetes y la liga elástica en un símbolo nacional de cinismo, es una simulación insostenible.

Al final del día, la fotografía queda para la posteridad: una candidata que se dice “del pueblo”, pero que se bautiza políticamente con el agua bendita del Señor de las Ligas.

Qué bajo han caído las banderas de la transformación tlaxcalteca.