Aquiles Castro
No fue un desliz.
No fue un “asunto personal”.
No fue una imagen sacada de contexto.
Fue un juez municipal ebrio en horario laboral, tirado en la vía pública, exhibido ante los mismos ciudadanos a los que, en teoría, debía impartir justicia. Y con ello, Totolac no presenció una anécdota vergonzosa, sino un fracaso institucional.
Porque el problema no es Raúl Fernando Sandoval Ortiz. El problema es el Presidente Municipal Benjamín Atonal Conde, quién lo nombró, lo sostiene e intenta minimizar el escándalo.
En política, las imágenes no se explican: se padecen. Y esta imagen es demoledora. Un juez municipal incapacitado no solo viola el Código de Ética; destruye la noción misma de autoridad en un municipio donde la justicia cívica es el primer contacto del ciudadano con el Estado.
El comunicado del Ayuntamiento fue todavía peor que el hecho. En lugar de asumir el golpe y actuar con firmeza, optó por la ruta conocida: poner en duda el contexto, ganar tiempo, administrar el escándalo. Ese reflejo defensivo —tan viejo como la mala política— es lo que convierte un error individual en un costo político colectivo.
Aquí no hay zona gris.
Un juez municipal no puede beber en horario laboral.
Un juez municipal no puede quedar tirado en la calle.
Y un gobierno municipal no puede fingir sorpresa cuando ocurre.
Totolac es un municipio pequeño, pero la lógica política es la misma que en cualquier nivel de gobierno: cuando una autoridad cae, arrastra a quien la respalda. Y en este caso, el respaldo fue silencioso, cómodo y tardío.
Morena, que ha hecho de la ética pública su bandera discursiva, queda atrapada en su propia narrativa. No necesita oposición agresiva; la imagen ya hizo el trabajo. En la próxima elección, en la que Benjamín busca reelegirse como alcalde nadie citará artículos legales ni resoluciones administrativas. Bastará una pregunta sencilla:
“¿Se acuerdan del juez?”
Ese es el verdadero daño.
Si la sanción es leve, el mensaje será devastador: en Totolac, el poder se protege a sí mismo.
Si la destitución llega tarde, será vista como simulación. Y si no llega, este episodio se convertirá en símbolo de algo más grave que el miedo a ser ratificado: la normalización del desorden dentro del gobierno.
Porque cuando la autoridad termina tirada en la calle, lo que queda en el suelo no es un funcionario, sino la credibilidad del gobierno entero. Y esa, a diferencia del juez, no se levanta sola.
#ElGobiernoDeLaGente, #GobiernoDeLaDesfachatez

