La hipocresía de la tremenda corte

ANTÍPODAS

Por: Juan Manuel Cambrón Soria

Los recién estrenados ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, al asumir su encargo se envolvieron en la narrativa de la austeridad republicana y la incorruptibilidad moral; llegaron prometiendo distancia del poder, modestia en el ejercicio del cargo y una ética superior que, decían, los distinguía de los excesos del pasado. Hoy, esa narrativa yace hecha pedazos, bajo el blindaje de unas camionetas de lujo.

La adquisición de vehículos blindados no es un simple tema administrativo ni una anécdota menor; es un símbolo porque en política la forma es fondo, y es importante porque revelan aquello que el discurso intenta ocultar. Mientras en el país se pretende predicar la sobriedad, mientras se repite hasta el cansancio que “no puede haber gobierno rico con pueblo pobre”, los ministros decidieron adquirir para ellos camionetas machuchonas, de esas que gritan su privilegio aunque tengan los vidrios arriba.

El problema no es solo el costo, ni siquiera el argumento de la seguridad, que puede ser entendible; el problema es la incongruencia. Quienes se presentaron como los heraldos de la austeridad terminaron comportándose como aquello que decían combatir, una vez más. Tiraron por la borda su propio mantra y dejaron claro que la austeridad siempre fue para los demás.  Ese parece ser el signo que distingue a la 4T.

La respuesta institucional llegó tarde y mal. Decir ahora que las camionetas serán devueltas o reasignadas a jueces que, por su función, enfrenten mayores riesgos, suena a una justificación torpe, no corrige el fondo del asunto ni borra la percepción pública de exceso. Al final frente a los ojos de los mexicanos, no fue un error técnico, fue una muestra de desconexión y soberbia.

Pero si la incongruencia de la Corte resulta grave, el espectáculo político y las maromas para defender los indefendible del Senador Gerardo Fernández Noroña, son dignas del circo de la transformación. Él que, desde la tribuna del Senado, fustigó con furia a los exministros por desplazarse en camionetas de lujo, hoy aparece convertido en defensor improvisado de los nuevos ministros “del acordeón”.  Ayer, las camionetas eran símbolo del viejo régimen; hoy, son una necesidad institucional. Ayer, el exceso era prueba de corrupción; hoy, es una medida preventiva. El problema no es que cambien de opinión, es que la cambian según quién vaya manejando la blindada.

El tema con Noroña y los defensores a ultranza del régimen es que no defienden principios, defienden bandos; cuando sucede eso en política, la coherencia se vuelve un estorbo, la crítica deja de ser ética y se convierte en utilitaria; es decir, lo importante no están en el hecho, sino en quién lo comete.

La Suprema Corte no es —o no debería ser— una oficina más del gobierno ni una extensión del discurso oficial. Su legitimidad descansa en la congruencia, en la autoridad moral y en la distancia real frente al poder, y reproducir los mismos vicios de siempre no es virtud: es hipocresía.

Al final, la Tremenda Corte no decepciona por comprar camionetas, decepciona porque prometió ser distinta y terminó siendo exactamente igual.  Si Tres Patines viviera, lloraría ante el mal chiste en que ha terminado por convertirse la 4T.