Tenía 9 años cuando llegó mi primera mascota fue un regalo que recibimos mi hermano y yo en nuestra primera comunión. Sin menospreciar los demás obsequios Blake (como así lo llamamos), fue el regalo más significativo que pudimos recibir. Y aunque era un cachorro de 2 meses era el perrito más hermoso que había visto. Y si bien era corta su edad en automático se convirtió en el amigo y cómplice que dos hermanos requerían para jugar.

No obstante solo compartíamos las tardes con él nuestra madre lo usaba como el mejor de los estímulos para hacer la tarea ya que al término la recompensa era extraordinaria. Salir de casa por la tarde y visitar a Blake era el momento más esperado del día llegar y verlo, acariciarlo, darle un abrazo era decirle de cierta forma “te quiero”. Correr por zonas aledañas a la casa en construcción era una aventura; atravesar, corriendo parte del cerro de loma bonita cuando en aquella época la civilización y la comunicación era escaza y menciono esto porque eran pocas las casas habitadas, por tal motivo,  todo era territorio nuestro mencionábamos “ vamos a explorar”.

Correr, gritar y reír era nuestra máxima diversión que mejor momento que descubrir la naturaleza acompañada de mi hermano y del ser que marcaría mi vida. Recuerdo su rostro, su mirada, el movimiento de su cola de un lado a otro percibíamos al perro más feliz  y para nosotros no existían límites de espacio ni tiempo.

Recuerdo como disfrutábamos correr entre el extenso cerro el largo pastizal, Blake  siempre al frente sin saber si nos encontraríamos algún obstáculo era él quien nos dirigía y abría los caminos.  Se volvía placentero cerrar los ojos y sentir el viento rozar nuestro rostro  Blake parecía que hacía lo mismo  y que disfrutaba al máximo, me encantaba verlo feliz.

Un día descubrimos una cueva y allí nos refugiamos porque nos sorprendió la lluvia, fue genial ver el atardecer y más genial fue escuchar a lo lejos el llamado de nuestros padres. Preocupados y con el temor de una regañiza nos pidieron nuestros padres que no nos alejáramos mucho aunque este buen consejo se nos olvidó al siguiente día.

La alegría que llenaba Blake a nuestros corazones era cada día más y más al menos eso es lo que yo consideraba. Me sentía muy contenta cuando nuestros padres mencionaban “vamos a loma bonita” símbolo de juego y bienestar. Bienestar lo que experimentaba al acariciar y abrazar a mi mejor amigo.

Pero llego el día que nunca desee que llegara. Una tarde como cualquier otra llegamos en el auto de papá y nos extrañó que no se asomara  por la marquesina ni que ladrara a nuestra llegada y al percatarnos de ello bajamos corriendo a ver a Blake y al entrar corriendo a casa él había desaparecido. Fue una de las tardes más tristes que pude experimentar a mi corta edad mi mejor amigo se lo habían robado. Fue impresionante no encontrarlo recuerdo que lloramos y nada nos consolaba ni el abrazo ni las palabras de mamá y papá fueron suficientes para nuestro dolor. En las tardes consecutivas solíamos salir a buscarlo y gritando en voz alta su nombre nunca volvimos a escuchar su ladrido.

Finalmente la convivencia de 8 meses fue maravillosa Blake por supuesto vivió y sigue viendo en mis recuerdos fue un perrito, el mejor amigo, el compañero que al tiempo a la distancia las lagrimas no las puedo contener al recordar los momentos de alegría que disfrutamos juntos.

“Blake siempre vivirás en mi corazón”

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