Aquiles Castro
La evidente orfandad política que enfrenta en MORENA y el desmoronamiento de su raquítica estructura, han empujado a Ana Lilia Rivera a buscar oxígeno en el tanque del PRI, utilizando como puente al viejo bastión de la CTM.
Este Primero de Mayo, más que una conmemoración obrera, marcó el acta de capitulación de la Senadora. Al aceptar marchar bajo el ala del sector priista que lidera Eligio Chamorro.
La soberbia Rivera no solo desdibujó su identidad política, sino que aceptó un papel secundario; incluso el propio Chamorro, con colmillo retorcido, cuidó las distancias y se mantuvo bajo su gorra azul para evitar que la fotografía del recuerdo se convirtiera en un lastre compartido.
Enfundada con una vestimenta que el grueso de la base trabajadora no puede acceder, se le ve feliz, con su banderín de la CTM del PRI.
Esta alianza, que en sus tiempos de pureza ideológica ella misma habría calificado de “antinatural”, explica su reciente narrativa de que no importan las militancias.
La lectura es clara para sus incrédulos seguidores: los números no le dan para la candidatura de MORENA y, ante el frío de la intemperie electoral, ha decidido tocar la puerta de sus históricos adversarios.
Seguramente, la Senadora —siempre impulsiva, deslenguada, y prepotente— fabricará una narrativa heroica para consumo de sus redes sociales.
Sus operadores, conocidos por su estilo radical, celebrarán el movimiento como una “estrategia maestra”, pero la realidad es otra: el velo se ha roto y el proyecto de Ana Lilia parece haber iniciado su cuenta regresiva.

