La estratagema de Ana Lilia

Aquiles Castro

Para la senadora Ana Lilia Rivera, todo parece tener una explicación sencilla: si no crece en las encuestas, es porque hay una “guerra sucia” en su contra. Una coartada perfecta… si no fuera porque su incontinencia verbal en sus propios dichos la desmienten una y otra vez.

Porque no es una campaña externa la que la lleva a insultar a quienes le preguntan por su trabajo…”quien es el estupido que pregunta”.

No es una conspiración la que la hace equivocarse en temas básicos. Y mucho menos son sus adversarios quienes la empujan a confrontar a los suyos, ignorando los llamados a la unidad dentro de su propio partido como se pretende hacer creer.

La narrativa de victimización funciona hasta que se topa con la realidad. Y la realidad es incómoda: declaraciones desafortunadas, un tono agresivo en sus mensajes cargados de soberbia y veneno, así como un marcado desempeño legislativo que pasa desapercibido.

Culpar a otros puede ser rentable por un tiempo, pero también revela algo más profundo: la incapacidad de asumir responsabilidades. Porque es más fácil inventar enemigos que corregir errores.

El problema para la Senadora no es la “guerra sucia”. El problema es que, cada vez que habla, confirma que no la necesita, porque esos eufemismos característicos en ella, igual pendejea a todo el que se le atraviesa en su camino, desde Gobernadores autoritarios, diputados serviles y hasta magistrados arrastrados.

El otro problema de Ana Lilia, no solo es su deslenguada estupidez, es su doble y triple personalidad si es que hay.

En un minuto te sonríe y apapacha. Y un segundo después, te mienta la madre con una mirada y si en sus manos estuviera, te podría fulminar o desaparecer.