Aquiles Castro
La política de la demolición que aplica la Senadora Ana Lilia Rivera Rivera, ya no es crítica: es desgaste autoinfligido.
Acusar que en Tlaxcala “el gobernador manda, los diputados obedecen y el Poder Judicial se arrastra” no construye absolutamente nada. No propone, no demuestra, no corrige. Sólo destruye. Y lo hace, además, contra las mismas instituciones que le dieron origen político.
Si el diagnóstico de la incendiaría Legisladora fuera cierto, estaríamos ante una crisis mayor. Pero lanzarlo sin sustento público la coloca en otro terreno: el de la descalificación fácil, el estruendo mediático y la confrontación permanente.
Lo más llamativo no es el golpe hacia Lorena Cuéllar Cisneros, sino la cantidad de frentes que Ana Lilia Rivera abre contra sí misma: contra su partido, contra su gobierno, contra su propia narrativa. Cada declaración parece aislarla más.
Porque hay una diferencia entre incomodar al poder y dinamitarlo sin rumbo. Lo primero puede ser liderazgo. Lo segundo, simple cálculo…o pérdida de control.
Y en política, quien dispara en todas direcciones suele terminar quedándose sin aliados… y sin destino.
Y más cuando una respuesta viene cargada de furia a quien osa cuestionar los resultados sobre el trabajo para el que se alquiló. ¿Quién es el estúpido que pregunta?

